Asesinato en cámara lenta
Dentro del canal había una manifestación. Una verdadera multitud, hombro con hombro. Unos gritaban y cantaban, otros entrevistaban a los visitantes, algunos estaban sen-tados en una mesa donde se distribuían franelas y se pintaban pancartas. " No se asusten, es interno" le dijo una de las anfitrionas a tres de las invitadas que trataban de salir de la sala donde se había citado a un grupo de periodistas, articulistas y personalidades de distintos sectores a oir una explicación del alcance, las inversiones, la historia y los propósitos de los directivos de RCTV, como también para pedir la firma de un documento dirigido a la sociedad civil, advirtiendo sobre la muerte de la democracia venezolana.
Como ha pasado a lo largo de los años en que ha sido presidente Chávez, de vez en cuando sucede algo parecido. Antes de las últimas elecciones, convocados por Súmate, esta vez por Marcel Granier, se repiten los conciliábulos, las esperanzas y las decepcio-nes entre muchas personas que escriben regularmente, no solo por vocación, sino obligados por la situación que viven.
Cada vez se cierran mas las ventanas de libertad de trabajo, de libertad de discusión y mas aún, la de la libertad, no pequeña, de informarse.
Ya se ha hablado mucho de las bondades de la opción democrática de decir lo que uno quiera, pero ¿que hay de aquella que permite al hombre común sintonizar sin permiso el canal de tv que le proporciona el partido de fútbol que quiere ver, el programa cómico que le parece, la chismosa que prefiere?. Es difícil dejar de oir la emisora de radio que uno necesita , de comprar periódicos de orientación distinta, de llegar a la verdad de lo que pasa alrededor. Es horrible tener hackeado a Noticiero Digital, cuidarse de que pinchen los teléfonos, sufrir amenazas, esperar con aprensión cuando tocará el turno a la eliminación del cable o al bloqueo de Google.
Esta es una historia venezolana in crescendo y me imagino que tengo que apreciar este papel de testigo que me ha otorgado la vida, para seguir contando hasta donde pueda , no solamente las vicisitudes de los empresarios venezolanos, sino las historias de sus trabajadores y la de otras gentes comunes que piensan que es tan natural como tomar agua, hacer lo que a uno le de la gana en el terreno del pensamiento, que están dispuestas a negarse a la uniformidad política, aunque sea tan recomendable para la salud venezolana como dicen que es el socialismo preconizado por el gobierno.
Si algo me impresionó en esa visita a un centro de trabajo, de producción y de inteligencia, como lo es el canal dos, fue esa disposición general a pelear aun cuando todo el mundo ve el asunto como una causa perdida, así como la insensibilidad y la falta de humanidad de otros comunicadores, periodistas y trabajadores de los medios, técnicos de todos los estratos que siguen en la estrategia enferma de hacer a un lado las necesi-dades y aspiraciones de otros venezolanos a causa de su propio bienestar y creencias.
Nadie se conmueve en el gobierno por la pérdida de otros tres mil empleos, como no lo hicieron cuando quitaron de un plumazo sus empleos a los marinos mercantes, a los 20.000 trabajadores de la vieja Pdvsa o a los de las televisoras tomadas por el gobierno. Simplemente voltean la cabeza para mirar a otro lado, como la vicepresidenta de la Asamblea Nacional, Desirée Santos, cuando insiste mecánicamente en que habrá trabajo para esos trabajadores, muchos de ellos atacados públicamente por militantes chavistas, firmantes del revocatorio, opositores o indiferentes al socialismo del siglo XXI. Aún sabiendo que no tendrán mas oportunidad dentro de ninguna empresa del gobierno, simplemente porque no bajan la cabeza.
En la reunión en el dos, hubo un documental donde se recogieron los ataques a periodistas. De nuevo vi la sangre, los golpes y los gritos, reviví todos estos dolores. Fue bien duro. Pero hay otra imagen de ese día que me pareció tan fuerte como las anteriores. Al lado de la de los periodistas golpeados y sangrantes, la de un obrero que vi a mi lado, dándome las gracias por la solidaridad. Le ví a los ojos, sin saber que contestarle, sabiendo que me enfrentaba cara a cara con la víctima de un atentado, que estaba asistiendo en cámara lenta al asesinato de una fuente de trabajo. Y eso no tiene perdón.
Como ha pasado a lo largo de los años en que ha sido presidente Chávez, de vez en cuando sucede algo parecido. Antes de las últimas elecciones, convocados por Súmate, esta vez por Marcel Granier, se repiten los conciliábulos, las esperanzas y las decepcio-nes entre muchas personas que escriben regularmente, no solo por vocación, sino obligados por la situación que viven.
Cada vez se cierran mas las ventanas de libertad de trabajo, de libertad de discusión y mas aún, la de la libertad, no pequeña, de informarse.
Ya se ha hablado mucho de las bondades de la opción democrática de decir lo que uno quiera, pero ¿que hay de aquella que permite al hombre común sintonizar sin permiso el canal de tv que le proporciona el partido de fútbol que quiere ver, el programa cómico que le parece, la chismosa que prefiere?. Es difícil dejar de oir la emisora de radio que uno necesita , de comprar periódicos de orientación distinta, de llegar a la verdad de lo que pasa alrededor. Es horrible tener hackeado a Noticiero Digital, cuidarse de que pinchen los teléfonos, sufrir amenazas, esperar con aprensión cuando tocará el turno a la eliminación del cable o al bloqueo de Google.
Esta es una historia venezolana in crescendo y me imagino que tengo que apreciar este papel de testigo que me ha otorgado la vida, para seguir contando hasta donde pueda , no solamente las vicisitudes de los empresarios venezolanos, sino las historias de sus trabajadores y la de otras gentes comunes que piensan que es tan natural como tomar agua, hacer lo que a uno le de la gana en el terreno del pensamiento, que están dispuestas a negarse a la uniformidad política, aunque sea tan recomendable para la salud venezolana como dicen que es el socialismo preconizado por el gobierno.
Si algo me impresionó en esa visita a un centro de trabajo, de producción y de inteligencia, como lo es el canal dos, fue esa disposición general a pelear aun cuando todo el mundo ve el asunto como una causa perdida, así como la insensibilidad y la falta de humanidad de otros comunicadores, periodistas y trabajadores de los medios, técnicos de todos los estratos que siguen en la estrategia enferma de hacer a un lado las necesi-dades y aspiraciones de otros venezolanos a causa de su propio bienestar y creencias.
Nadie se conmueve en el gobierno por la pérdida de otros tres mil empleos, como no lo hicieron cuando quitaron de un plumazo sus empleos a los marinos mercantes, a los 20.000 trabajadores de la vieja Pdvsa o a los de las televisoras tomadas por el gobierno. Simplemente voltean la cabeza para mirar a otro lado, como la vicepresidenta de la Asamblea Nacional, Desirée Santos, cuando insiste mecánicamente en que habrá trabajo para esos trabajadores, muchos de ellos atacados públicamente por militantes chavistas, firmantes del revocatorio, opositores o indiferentes al socialismo del siglo XXI. Aún sabiendo que no tendrán mas oportunidad dentro de ninguna empresa del gobierno, simplemente porque no bajan la cabeza.
En la reunión en el dos, hubo un documental donde se recogieron los ataques a periodistas. De nuevo vi la sangre, los golpes y los gritos, reviví todos estos dolores. Fue bien duro. Pero hay otra imagen de ese día que me pareció tan fuerte como las anteriores. Al lado de la de los periodistas golpeados y sangrantes, la de un obrero que vi a mi lado, dándome las gracias por la solidaridad. Le ví a los ojos, sin saber que contestarle, sabiendo que me enfrentaba cara a cara con la víctima de un atentado, que estaba asistiendo en cámara lenta al asesinato de una fuente de trabajo. Y eso no tiene perdón.

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home