domingo, noviembre 27, 2005

EL GRAN BOSTEZO.

A una semana de las elecciones, prácticamente todo sigue igual en cuanto a la campaña electoral de los candidatos a la Asamblea Nacional de Venezuela. Los políticos se repiten, sean de la oposición o del gobierno en los medios de comunicación, exclamando que hay que salir a votar.
Hacen desesperados llamados a que uno no se abstenga. El mismo mensaje de las municipales: que hay que cambiar el país, que estas elecciones son definitivas para la democracia venezolana, que si no se va a votar cambiarán la Constitución y Chávez va a estar hasta el 2036, que el país no se acaba el 4 de diciembre, prometen construir una nueva mayoría y un nuevo liderazgo.
Tal vez los esfuerzos más grandes han sido los de las esposas de los presos políticos. Se presentan todos los días en la TV con la desesperación en la cara, llamando a sacar a sus esposos de la cárcel votando por ellos.
El ciudadano común, mientras tanto, se da cuenta de que a los candidatos, libres o presos, no los escogió él, sino los dedos maravillosos de las direcciones partidistas, tras una pelea a cuchillo dentro de AD, Copei, MVR, Primero Justicia, etc etc. Ante esta lista de gente, casi todos desconocidos, que otros escogieron, se nos dice que es imperativo seleccionarlos y que nuestra existencia ciudadana depende de nuestra participación en las elecciones del domin-go 4 de diciembre.
Entonces, algunos de los votantes, comenzamos a examinar los nombres. No son ningunas estrellas, ni los viejos, ni los nuevos. Casi nadie tiene experiencia administrativa ni legislati-va. Los que están presos, hay que sacarlos para que no sigan presos, pero ninguno nos dice nada más. Son muy buenos policías, muy buenos perseguidos y muy buenos periodistas. Punto. No hay programas de gobierno por ninguna parte. La razón por la cual pasa eso, es que es porque todos ellos saben, que aún si la oposición alcanza una cuota ínfima de cargos en la Asamblea Nacional, tras el cúmulo de ventajismo oficial, no van a poder hacer nada, así que para que gastar papel y tinta. A los más avispados no se les ocurre sino hacer prome-sas grandielocuentes, algo así como salvarnos la vida democrática, cuando lo que está en juego es que si ganan asistan a su trabajo , saquen cuentas, vigilen al gobierno y denuncien lo que hay que denunciar, en sus respectivas esferas de competencia, en vez de estarse desapareciendo en las votaciones importantes, dejando pasar todas las buenas oportunidades para abrir la boca y decir algo inteligente, con honrosas excepciones, cada vez que hay sesión. Eso es lo que ha hecho la inmensa mayoría de los parlamentarios todo el tiempo, cuando no desaparecerse definitivamente.

Los partidos constituidos y algunas ONG, como Asamblea de Educación, están tan convencidos de que van a un proceso recogemigajas, que convalidan estas elecciones a cambio de nada. Ni siquiera representan la obra consabida, de ir “ hasta las últimas consecuencias” o exigir“ sin condiciones” que se cuenten todas las papeletas contra los resultados de las máquinas, o para que los informes de la auditoría de los organismos internacionales se proporcionen inmediatamente y no dentro de un par de meses, cuando los reclamos no cuenten para nada. Ni una manifestacioncista frente al CNE, nada de protestar ni en voz alta ni en voz baja. No, salieron prácticamente abrazados con el presidente del organismo, sin mayores protestas, aunque el CNE ni medio movió el cuadrito tramposo que le asignaron mantener.

La oposición evidentemente tiene un slogan: “ pégame, pero no me mates”. Es decir, que los apaleen con tal que les permitan supervivencia política, sus principales líderes obtengan un cargo de la Asamblea Nacional y puedan seguir oponiéndose parlamentariamente.

Pero ese, mis amigos, es un problema de los partidos y sus líderes. Sin garantías sobre que va a pasar con el voto, la única razón para ir a las urnas es darle a los aspirantes a par-lamentarios de hoy, un piso mas cómodo para sentarse en sus curules y a menos de diez candidatos en todo el país, la posibilidad de salir del trance de un proceso penal o de la cárcel. Que no es mi caso. El presente proceso no proporciona ninguna pista sobre las manipulaciones posibles en el voto de millones de venezolanos, mas que declaraciones altamente sospechosas de indignidad política, sin ninguna esperanza sobre la calidad de los electos, porque no hay como saber en este sistema por quién vota uno. Los partidos tienen listas ce-rradas, donde no es posible desmarcarse de lo que las direcciones partidistas escogieron.

Así las cosas, existe un chavismo que sabe que va a ganar, pero que no tiene posibilidad de participación. Nunca importó que esos militantes escogieran a alguien, porque el gran elector es el presidente y sus adláteres. Si no que lo digan los Tupamaros, a quiénes les hicieron trampa hasta cansarse en las municipales sus mismos jefes políticos. así que ¿ para que van ellos a las urnas?

Y hay unos antichavistas, a quiénes se puede llamar ni ni, opositores o no saben ni le importa, quienes se dieron cuenta que en este juego político, no es el de ellos. No hay candidatos que logren reunir mas de 25 personas en una esquina, ni mitines, ni movilizaciones, ¿ no se han dado cuenta? ¿Porqué a nadie le importa realmente lo que pase el 4 de diciembre? Porque verdaderamente no se juega nada en estas elecciones sino la legitimación de uno de los escenarios políticos que menos corta ni pincha en todo el país, la Asamblea Nacional, cuyos integrantes sólo han hecho el papel de comparsa en estos siete años y han dado toneladas de pena ajena, tanto de un lado como de otro. Ese no es el escenario de las grandes decisiones y todo el mundo lo sabe.

Así que peguen gritos porque a menos de una semana de las elecciones el país sigue tapizado de afiches con Chávez levantándole la mano a sus escogidos, empiecen a hacer el paro de que van a protestar hasta la muerte para contar las papeletas. Grítenle a uno que estamos permitiendo que otros escojan por nosotros, y que el que no vote el domingo cuatro, no quiere ni a su mamá.
Probablemente recogerán como toda respuesta un gran bostezo.

sábado, noviembre 19, 2005

Cuando el destino nos alcanza

El último año en que el ambiente político venezolano se comportó de manera similar a los treinta y tres años anteriores de democracia venezolana fue 1991. Había recalentamiento de la calle, protestas enardecidas por el alza del precio de la gasolina, muertos, parte del paquete de medidas del gobierno de Carlos Andrés Pérez, para lograr que en Venezuela se generase una genuina economía de mercado y saliera de una vez de la crisis económica que marcó los ochenta. Ese fue el último año para mí de una era política, porque el siguiente, el 92, marcó la reaparición del autoritarismo militar como solución a los problemas cotidianos en la mente de nuestros ciudadanos.

Los años ochenta enfrentaron la contraparte económica del primer quinquenio de los años dos mil: bajaron los precios del petróleo, se cancelaron varios proyectos industriales y se devaluó la moneda. El remedio de los gobernantes de AD, Jaime Lusinchi y Carlos Andrés Pérez, fue la austeridad, pero aplicándosela a los mas débiles. Porque la corrupción siguió exactamente igual o peor y la sensación de impunidad, creada por el largo tiempo en que no se produjeron insurrecciones populares, hizo que los consejeros económicos gubernamenta-les de Pérez, los Iesa Boys, se afincaran en el alza de los precios de los combustibles y de los productos de primera necesidad, en la escasez y en la pérdida del poder adquisitivo de la clase media, como método para mejorar los números macro.
La idea era que este pueblo era tan noble, que aguantaría callado el apretón de cinturón y poco a poco permearía la riqueza. Mientras tanto, la clase media ilustrada y la clase dirigente vigilarían benevolentes y administrarían con eficiencia el crecimiento.

En realidad, ese programa económico hizo crecer a Venezuela 9% en 1991, el mayor de América Latina ese año, pero el sentimiento general de rechazo al robo generalizado y al privilegio que colocaba a los políticos por encima del ciudadano común, que pasaba trabajo sin merecérselo, desprestigió irremediablemente aquél consenso que permitió el desarrollo venezolano y dio paso en las mentes crédulas de todas las clases sociales, a las soluciones de fuerza que se creían sepultadas después de las intentonas militares que apostaron a derro-car a Rómulo Betancourt.
Volvieron a actuar logias castrenses, se armaron múltiples conspiraciones e intentonas, como el golpe militar fallido de febrero del 92 y los que siguieron.

Los golpistas tuvieron magnífica prensa y montones de amigos en los medios, lo que los lle-vó al tope de la popularidad, mientras los políticos, Carlos Andrés Pérez a la cabeza ( quién perdió la presidencia después que se le destituyó para ser procesado en 1993) empezaron a hacer aguas como líderes posibles en la mente de los votantes. Las administraciones inefi-cientes que siguieron, así como las decisiones electorales erradas, dieron fuerza a la opinión que aplaudió la condena de Carlos Andrés Pérez en 1996, tanto como el indulto a los golpis-tas del 92, concedido por uno de los líderes históricos del sistema de partidos venezolano, Rafael Caldera.
Parecía una consecuencia lógica de su política de pacificación, rasgo positivo de su primer gobierno. Años más tarde, sólo cosechó el desprecio público del indultado y la rabia incle-mente de los opositores de Chávez.

De la mano de las soluciones populistas, llegó a nuestras vidas todo lo contrario del consenso, que llenó páginas de análisis políticos en los setenta, para explicar la duración de la demo-cracia venezolana en un continente abundante en soluciones de fuerza. La propuesta de un gobierno libertario, marcado por la opción por los pobres, en la boca de los comandantes del 4-f , trajo consigo el autoritarismo cuartelario como método de gobierno , así como las solu-ciones violentas, excluyentes y sectarias, la persecución y la violencia callejera y la actua-ción de grupos de choque en la calle y en los tribunales contra los opositores, monedas co-rrientes en nuestras vidas.

A quince años del inicio del desmoronamiento del sistema de partidos que consolidó la de-mocracia en Venezuela, no puedo decir que sienta nostalgia por el modo de vida de aquel tiempo, que trajo tanta injusticia y crisis económica, provocadoras de aquel entorno político. Pero desgraciadamente, en el ansia de acabar con aquel malestar profundo, los venezolanos tomamos el atajo autoritario en las urnas electorales.
Todavía me acuerdo el frenesí del grupo de los Notables y de mucha clase media, cuando ganó Chávez. Todos habían creído encontrar en ese mesías la solución a todos nuestros pro-blemas. Pero evidentemente, ese tipo de entusiasmo no es provechoso. No hay atajos para conseguir la civilización.

Cuanto nos quede de estos tiempos de frenesí, persecución, destrucción de estructuras institu-cionales e instalación de una nueva clase política, tan corrupta y obtusa como la anterior, no sé. Pero ante la angustia de todo aquel que pregunta ¿Que podemos hacer ya? ¿No vamos a salir nunca de los malos gobernantes, de la suciedad, de la pobreza, del atraso, de la injusti-cia, de los abusos ?

La respuesta, después de esta sucesión de equivocaciones históricas, es que no hay forma de reconstruir el tejido social y económico , si no empezamos otra vez. ¿Posibilidades de vol-verse a equivocar? Por supuesto que las hay. Ahí está el caso del “golpe” de Carmona Es-tanga. Como también el de las guerras, que sin ir mas lejos llenan la historia moderna de El Salvador y de Colombia. Vivir y morir en crisis es posible. La solución de ese desastre no está en la voluntad y el trabajo de una sola persona, ni , como hemos visto, resultan las fór-mulas instantáneas.